TIENE SUS oficinas en Seseña, como El Pocero I. Sin otra formación que su olfato para los negocios, como Hernando, se ha hecho millonario con la construcción. Jesús Menchero quiere superarle: compra terrenos en Rumanía, nuevo refugio de constructores españoles, para edificar 54.000 pisos y 4.480 naves industriales. Se convertiría en la décima ciudad del país
J. GÓMEZ / A. PETRESCU
Un letrero de hojalata, con un cerdo y una gavilla de maíz forjados en su interior, da la bienvenida a Sohatu. No en vano, en este villorrio rumano conviven infinitos maizales, 40.000 cerdos y 3.524 almas. En sus calles, barnizadas de negro humus, se cruzan gansos con chavales que dan puntapiés a un balón deshinchado. No hay farmacias, ni alcantarillas, ni peluquerías. Para viajar a la cercana Bucarest (36 km.), los lugareños caminan por el fango seis kilómetros hasta Galbinasi, la estación más cercana.En pocos años, este poblacho ruinoso podría convertirse en la ciudad más moderna de Europa del Este. Una Brasilia atornillada en los Cárpatos. Y todo, fruto de la «locura» de un constructor español.
No tardó en dispararse el rumor en Sohatu. Un extranjero con un camión cargado de dinero llegaba el 10 de mayo para comprarles sus terrenos y convertirlos en millonarios. El presunto Mesías se llama Isus (Jesús). De apellido, Menchero. Y no nació en Belén, sino en San Cristóbal de los Ángeles, un barrio suburbial del sur de Madrid, hace 50 años. Cuando salió de su Audi, los lugareños le tiraban de la manga. Alguna señora de arrugas infinitas se santiguaba al verlo pasar.
La fiesta más dispendiosa que recuerdan los viejos de la aldea se celebró en una carpa gigante. Los vecinos salían con los bolsillos llenos, pero no de monedas, sino de pan para sus bestias. Antes dieron cuenta, entre empellones, de delicias rumanas y desconocidos manjares españoles, como el jamón serrano y unos palitroques blancos (espárragos) convertidos en el aperitivo más codiciado de la noche.
Autoridades de la capital y estrellas televisivas compartieron recinto con los vecinos en una velada bulliciosa, pantagruélica y caótica, como un cuadro de El Bosco con fondo de Paquito el chocolatero, regada en cerveza y cerrada con los primeros fuegos artificiales que se habían visto en Sohatu.
Mosh tiene 81 años, un sombrero marrón de ala ancha y una sonrisa que curte su piel de cuero ajado. Pasó su vida deslomado en una cooperativa comunista. El 14 del mes el cartero le trae su pensión de 223 lei (80 euros). Cada día se levanta a las 6.30, se afeita con su máquina de cuando hizo la mili y se sienta en la puerta de su casa a esperar. A Godot o a la muerte, qué más da. Tras la caída del régimen, le devolvieron su parcela de una hectárea. Mañana se la venderá a Jesús. Y juntará más dinero del que vio nunca antes. «No sé cuánto son 10.000 euros. A mí me basta con dos metros de tierra, que son los que me echarán encima dentro de poco».
Mosh firmó su compromiso de venta, porque billetes, lo que se dice billetes, todavía no ha visto ni uno. Para que el proyecto salga adelante y se coloque la primera piedra en octubre, Menchero debe conseguir el 80% de las 2.800 hectáreas que anhela y la firma de la próxima junta municipal, que saldrá elegida en las elecciones del 1 de junio.
Otro 10 de mayo, pero de 1881, se fundó el reino de Rumanía. Los aldeano escuchaban a Jesús como si fuera la encarnación de Carol I. La ensoñación en cartón piedra que les presentó comprende 54.000 viviendas, un polígono industrial con más de 4.480 naves y 122 edificios logísticos, escuelas, cines, un parque de bomberos, un nuevo estadio y hasta una catedral. Si sus planes se cumplen, la población humana superará a la de cerdos. La décima ciudad de Rumanía, 200.000 habitantes, edificada en sólo cuatro años. Poco importó a los lugareños que su Mr. Marshall les anunciase que el nombre de la ciudad adoptaría una coletilla:«Sohatu Mi Corazón».
—Así, en español. Yo es que desde siempre he estado un poco loco—, declara Menchero a Crónica, con la frase pronta en la cartuchera, el traje impoluto y los zapatos embadurnados en polvo de obra.
Rumanía se ha convertido en la nueva Meca de los constructores españoles. Como Menchero, otros muchos han hecho las maletas hacia un solar de 238.391 km2 a cuatro horas de avión. Huyen de España, donde el ladrillo empieza a desmigarse. La compra venta de viviendas cayó en marzo un 38,6% con respecto al año pasado y, todavía más grave, un 16,9% comparado con febrero.
«Hay un boom de la construcción española en Rumanía. Nuestras empresas confían en que este país se desarrolle con el mismo brío que España», explica el embajador en Bucarest, Juan Pablo García-Berdoy Cerezo, quien reconoce su mezcla de «curiosidad, admiración y perplejidad» cuando supo que un español se planteaba levantar una urbe por birlibirloque a media hora en coche de su embajada.
Ese visionario, cuando era sólo un niño de barrio pobre, soñaba con «ser millonario a los 30 y jubilarse a los 40». Ya ha conseguido la mitad, aunque todavía recuerda cuánto le costó pagar, con 22 años, los tres millones de su primer pisito en Fuenlabrada, arruinado tras montar un taller, del que se repuso importando coches de Alemania.
ENFRENTE, EL POCERO
Varios periódicos rumanos dudan de las promesas de un millonario cuyo grupo facturó 15 millones de euros en 2007 pero que promete invertir 1.600. La sorpresa creció cuando supieron que la sede del grupo Menchero está en la toledana Seseña, donde Francisco Hernando, El Pocero, sigue levantando su faraónico y devaluado residencial.
De hecho, cada día, antes de entrar en su oficina, Jesús Menchero contempla, justo enfrente, las grúas y los bloques de la macrociudad fantasma de El Pocero —cuatro veces más pequeña, pese a todo, que su imaginaria Sohatu Mi Corazón—.
—No tenemos ninguna relación. Hemos coincidido dos veces—, se desmarca Menchero con presteza.
Sin embargo, la trayectoria de ambos presenta perfiles semejantes. Sin estudios, hechos a sí mismos [si Francisco Hernando era pocero, Menchero cambiaba neumáticos a los 13 años], con un gusto redomado por el barroco estrafalario —dos rugientes leones de mármol presiden la entrada de su sede— y la tendencia de plantar su apellido en todo cuanto construyen.
Menchero pisó Rumanía por primera vez hace cinco años. El estado ruinoso del país le desanimó a invertir. Hace dos repitió el salto, impulsado por uno de los 600 trabajadores rumanos que tenía en nómina (ahora son 200). Buscando posibles casas de madera para importar, llegó a pernoctar en una de las antiguas residencias de Nicolae Ceaucescu, dictador que pastoreó el país entre 1967 y 1989.
Siguiendo la autopista entre Bucarest y Costanza. descubrieron Sohatu, a 8 kilómetros de la autovía y media hora de Bucarest. [Jesús Menchero contrae los ojos, buscando un horizonte a mano en su despacho sin ventanas, alza el tono y proclama con aires de tribuno, quizás imbuido por el espíritu del Conducator]: «Lo imaginé. Supe que se podía construir algo grande. Aportar el desarrollo para que esa gente prospere. Contribuir al progreso de ambos países...».
—Y ganar también dinero, ¿no?
—Eso es secundario. Sacrifico mi salud, a mi familia y encima pago precios, 10.000 euros la hectárea, por encima del mercado.
—No me dirá que pierde dinero.
—Loco sí, pero no gilipollas.
Aclaraciones hechas, toca imaginar Sohatu Mi Corazón. Las viviendas no serán de lujo, sino casas para la clase trabajadora —justo de lo que carece un pueblo cuyo 79% de la población tiene más de 65 años—. Habrá vídeovigilancia en las calles, piscinas y paneles solares que permitirán autoabastecerse energéticamente en un 60%. La perfecta urbanización pija cercana a cualquier gran ciudad española. Y por precios abordables: los pisos de entre 60 y 70 metros cuadrados costarán 80.000 euros y las viviendas de 120 metros, unos 180.000 euros.
La idea de Menchero, como una versión moderna de los falansterios de Fourier, es llevar primero las fábricas y el empleo a Sohatu, con polígonos industriales —ya ha contactado con varias empresas españolas—, y vender después las casas a los trabajadores, que se desplazarán en tranvías internos y, a juzgar por el rostro iluminado empresario, sonreirán por vivir en la ciudad más moderna de Europa Oriental.
«MATARÁN LAS GALLINAS»
Una versión reducida —sin tranvía, ni sonrisas, pero con polígonos— ya ha dado sus frutos en Borox (Toledo), donde Menchero ha realizado la mayor parte de sus construcciones y a la que recientemente trajo a Iulian Dumitrica, alcalde de Sohatu, quien, embelesado ante el Ayuntamiento, decía: «¿Y podré tener algo así?». «Algo así, no. Algo mucho mayor», respondía Menchero, quien prevé hacerse una casa en su futura ciudad.
En Sohatu, la suerte va por barrios. Ionel Scrisul, tan ufano, porque «un ángel con un látigo de oro» le dijo en sueños que comprase tierras cerca del cementerio y ahora sus 10 hectáreas le harán rico. Otros, como Seban Martin, herrador, no ven claro el paso de aldehucha a megalópolis: «No me creo nada. No se puede levantar una ciudad de la nada. Qué pasará con los carromatos, los caballos, los cerdos... Nos quedaremos sin ellos, los matarán los de la Europa, como hicieron con las gallinas [gripe aviar]».
Al alcalde, que se pasea por el pueblo sacando volutas de los puros de Jesús, no le inquietan los agoreros y se cree vencedor de las elecciones. Paso indispensable para la construcción de Sohatu Mi Corazón y de su flamante ayuntamiento.
Parece que no tendrá que preocuparse, a tenor del estribillo ebrio improvisado por los gitanos en la fiesta del 10 de mayo: «Aúpa alcalde de Sohatu... De todos el más fuerte... Entre todos el más guapo... Porque nos has traído a Isus».
OTROS CONSTRUCTORES CON DESTINO
BUCAREST
Román Piñeiro Calvo fue uno de los primeros constructores españoles que decidió invertir en Rumanía. Fue el siglo pasado, en 1999. Su explicación es simple: «Aunque en esa época aquí el mercado estaba en pleno apogeo, los márgenes de beneficio allí siempre han sido mucho mayores, aunque ahora está cambiando. Los salarios suben cada mes». Eran tiempos en que un obrero rumano cobraba 300 euros, cinco veces menos que en España. «Ahora, los más especializados ya exigen 800 o 900 euros», afirma Román, que ha construido chalés de lujo y pisos en Bucarest a través de su empresa Teshire. Ahora, Rumanía, el segundo mercado de la construcción que más crece en Europa, después de Eslovenia, segúin datos de Eurostat, está de moda. Hasta allí han viajado la mayoría de las grandes constructoras españolas, como Hercesa, Fomento de Construcciones y Contratas, Sedesa o Martinsa Fadesa.La herencia de Ceaucescu es uno de los motivos que han puesto de moda las construcciones españolas. Los edificios del régimen son gigantescas colmenas con apartamentos de estética estalinista y comodidad de gulag. Nada que ver con el mármol en la entrada, el gotelé y el portero automático. Hercesa es una de las pocas firmas que ya está vendiendo casas: tienen 1.400 viviendas a disposición y otras 6.000 en proyección. Llegaron hace cuatro años y, al contrario que el Grupo Menchero, ellos apuestan por zonas urbanas consolidadas, principalmente en la capital, Bucarest, cerca de dos estadios: el Olímpico y el del Steaua de Bucarest, equipo de fútbol de la capital. «Son viviendas para la clase media, de nueva construcción y que se venden tanto en Rumanía, como en España, a los inmigrantes que están planeando volver», aseguran desde la empresa. Martinsa Fadesa tiene una apuesta similar, con un gran barrio residencial, Bonaire Community City, en las inmediaciones de Bucarest. La obra comprende 7.600 viviendas en 22 edificios, rodeadas de extensas zonas verdes, oficinas y áreas comerciales. El tipo de producto que hizo la riqueza del ladrillo español y que ahora en España se ha quedado estancado por mor de la crisis.
«El gran problema de Rumanía es la corrupción. Todos intentan sacar algo. Y cuesta mucho ganar dinero siendo serio», afirma Román Piñeiro, este gallego de 59 años, que ahora ha puesto en marcha, junto a otros socios, su segunda sociedad rumana, Lydero Star, en la ciudad de Brasov, especializada en los servicios para colectividades. Ya gestionan cinco vertederos y esperan llegar a los 100, aprovechándose de un maná del que antes se aprovecharon miles de municipios españoles: los fondos para el desarrollo de la Unión Europea. Los mismos con los que Jesús Menchero espera que el ferrocarril y la autopista se desgajen y lleguen a Sohatu Mi Corazón
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